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¿Por qué fingir?

6th July 2016

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Este año GYC Europa celebró su primer evento FOCUS. FOCUS es una conferencia local y la idea es celebrar tres conferencias en cada ubicación. La primera se llama “Viniendo a Cristo” y tiene 5 talleres. En esta serie de artículos los ponentes compartirán de forma escrita una parte de su taller con nosotros.—Editor.

“Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?” la pregunta resonó en mi mente.

Aquella misma mañana me había pasado de la raya. Todos mis amigos tenían este alucinante juguete nuevo menos yo. Tenía demasiado miedo de pedírselo a mis padres. “No me lo van a comprar” pensé, “así que, ¿cómo puedo conseguir este juguete?” Sabía que mi amigo me había dicho que si le daba el dinero su madre me lo compraría. Sonaba a plan. El problema era que yo no tenía el dinero. “Entonces, ¿cómo voy a conseguir el dinero?” me pregunté. La respuesta apareció rápido, “papá guarda el dinero cerca de la cristalera.” Yo sabía lo que implicaba este pensamiento. “Pero Adam, no deberías robar” me dije a mí mismo. “Ya, ¡pero quiero el juguete! ¿De qué otra forma puedo conseguirlo?” contesté. Estaba todo decidido. Mientras me preparaba para ir al colegio cogí 30£ del lugar donde guardaba mi padre el dinero, me los metí en la mochila y me fui a la escuela. Le di “mi” dinero a mi amigo y todo estuvo listo.

Llegó la tarde y allí estaba yo, con 10 años, de pie en la parte inferior de la escalera con la cara llena de preocupación. La pregunta vino otra vez a mi mente: “Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?”

¿Qué crees tú que debería haber hecho?

Vale, déjame que te haga otra pregunta.

¿Qué habrías hecho ?

¿Tus respuestas han sido diferentes? Las mías sí. Sabía que lo que tendría que haber hecho era acudir a mi padre y disculparme. Habría sido la mejor decisión pero… no podía.

¿Has estado alguna vez en una situación similar? ¿Has intentado ocultar algo que sabías que no deberías haber hecho? Quizás todos nosotros lo hemos hecho. Sin embargo, ¿alguna vez te has parado a pensar por qué intentamos ocultarlo? ¿Por qué fingimos como si no hubiera pasado nada? En mi caso, empecé a pensar en lo enfadado que estaría mi padre. Me asustaba sentirme rechazado. Pensé que no sería amado. En otras palabras, mi decisión de encubrir mi error se basaba en este pensamiento: “Si finjo seré más aceptado que si soy sincero y me enfrento a mis errores.”

Generalmente pienso que este es el motivo por el que fingimos. Por ejemplo, pensé que si fingía tener novia, sería más aceptado por mis colegas que si admitiera que en realidad no la tenía. Espero que entiendas a qué me refiero. Muchas veces el acto de fingir es nuestro intento de alterar la identidad que tenemos para asegurar una sensación de aceptación que pensamos que no recibiríamos si fuésemos honestos y auténticos.

Permíteme que comparta otra historia.

Recuerdo cuando estaba realmente luchando contra la pornografía. Para abreviar una larga historia, estaba enganchado. La cosa es que sabía que no debía hacerlo, pero no podía parar y era muy frustrante. Llegó un punto en el que, en total asco hacia mí mismo, le dije a Dios algo parecido a esto:

“Prometo… que no miraré esto nunca más.”

Pues bien, con el paso del tiempo, resultó que mi promesa no era lo suficientemente fuerte y, muy pronto, vi lo que no debería haber visto... otra vez. Para luchar contra esta enorme tentación ¿sabes lo que hice? Hice otra promesa.

“Dios, te lo prometo... no volveré a ver esto de nuevo.”

Mis palabras no marcaron ninguna diferencia. Una y otra vez yo prometía y fracasaba. Prometía y fracasaba. Prometía y fracasaba. Ellen White hace un comentario muy llamativo relacionado con esto:

“Deseáis hacer Su voluntad, mas sois moralmente débiles, esclavos de la duda y dominados por los hábitos de vuestra vida de pecado. Vuestras promesas y resoluciones son tan frágiles como telarañas. No podéis gobernar vuestros pensamientos, impulsos y afectos. El conocimiento de vuestras promesas no cumplidas y de vuestros votos quebrantados debilita la confianza que tuvisteis en vuestra propia sinceridad, y os induce a sentir que Dios no puede aceptaros.”—Ellen White, El Camino a Cristo, 47 (énfasis añadido).

Así es exactamente cómo yo me sentía. ¿Cómo puede Dios aceptarme ahora? Le he hecho promesas muchas veces y todavía no he podido cumplirlas; Dios no puede aceptarme. Dios no puede amarme. ¿Te sientes identificado con mi experiencia?

Hay otro pensamiento que viene junto con el sentimiento de que Dios no puede aceptarnos debido a nuestros fracasos, y yo creo que se ve reflejado en las palabras de aquel hijo al que a menudo denominamos “el hijo pródigo”. Quizás ya conoces la historia. El hijo le pide al padre su parte de la herencia, se va lejos y, básicamente, arruina su vida. Mientras contemplaba y deseaba la posibilidad de compartir la comida de los cerdos, finalmente vuelve en sí y dice:

“¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.” Lucas 15:17–19.

Aquí está este hijo, sentado en el campo, quizás con la ropa sucia, despeinado, con las uñas mugrientas, sin techo, hambriento, indigno, y todo por sus estúpidas elecciones. Él lo medita y decide decirle a su padre: “Hazme como a uno de tus jornaleros.” Él pensó que podía trabajar para estar en la casa de su padre. Pensó que sus acciones futuras podrían de alguna forma remediar o redimir su nefasta situación, haciendo más probable ser aceptado de vuelta en la casa de su padre. ¿Ves lo que quiero decir? Pensó que con sus acciones podía ganarse alguna clase de favor, alguna clase de aceptación que sintió que no podía tener siendo un desastre de hijo. Al igual que yo cuando intentaba fingir que no había robado porque temía el rechazo de mi padre, este hijo quiso adquirir una identidad diferente, anticipando que sería rechazado, “indigno de ser llamado… hijo” por su padre.

¿No hacemos nosotros lo mismo?

¿Recuerdas esas promesas que hacemos? “Prometo que nunca…” ¿Por qué prometemos esto? ¿Es porque no queremos volver a hacerlo? Es probable, sí. Sin embargo, adentrándonos más, creo que a menudo prometemos estas cosas porque sentimos que Dios no nos aceptará a menos que le mostremos que no somos tan inmundos, tan pecadores, tan indignos. Por eso normalmente nos sentimos más seguros de ir a Dios cuando hemos hecho algo “bueno”, incluso cuando nuestro corazón esté lleno de pecado. Pensamos que “fingiendo”, intentando ser lo que no somos en realidad, tratando de ser vistos como buenos cuando en realidad somos muy malos, Dios nos aceptará más que si viniésemos a Él tal y como realmente somos.

Aquí es donde estamos gravemente equivocados.

La Biblia describe a Jesús muriendo por nosotros como una adquisición, una especie de transacción financiera, como comprar algo. 1 Pedro 1:18–19. Ahora imagina que fueses a comprar un Nokia 3210. Puede que no lo recuerdes, así que para ilustrarte te diré que es un móvil sin cámara. Tras comprarlo, sabiendo plenamente que este móvil no tiene cámara, ¿estarías sorprendido de que no tuviera cámara? ¡Por supuesto que no! ¿Por qué? Porque sabías lo que estabas comprando. Con esto en mente, mira lo que “compró” Jesús con de Su muerte.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Rom 5:8.

¡Cristo te compró cuando todavía eras un pecador! Así que, ¿crees que se sorprenderá cuando todo lo que puedas llevarle sea pecado? ¡No! Jesús sabe lo que ha comprado. Ellen White lo deja claro:

“El Señor Jesús se complace en que vayamos a Él como somos: pecaminosos, sin fuerza, necesitados. Podemos ir con toda nuestra debilidad, insensatez y maldad, y caer arrepentidos a sus pies. Es su gloria estrecharnos en los brazos de su amor, vendar nuestras heridas y limpiarnos de toda impureza.”—Ellen White, El Camino a Cristo, 52 (énfasis añadido).

Tómate algo de tiempo para pensar en esto. Mientras nosotros estábamos preocupándonos por ir a Jesús con nuestras vidas hechas pedazos, intentando averiguar cómo fingir ser alguien que no somos, Jesús estaba esperando recibirnos porque Él simplemente “ama” que vengamos a Él “tal cual somos, pecaminosos, sin fuerza, necesitados.”

No puedes convencer a Dios de que te acepte más intentando ser quien no eres. Él sabe lo que ha comprado, Él quiere lo que ha comprado y Él puede marcar una diferencia en las vidas de aquellos a los que ha comprado. Ven a Cristo ahora ¿por qué fingir?

Adam Hazel es el director de Matteson Mission School.