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No hay lugar para la suficiencia propia

12th November 2017

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Esta publicación es la sexta en una serie titulada “Obstáculos en el cristianismo”. En esta serie varios autores explican malentendidos comunes que las personas que son cristianas o que quieren llegar a ser cristianas suelen encontrar dentro de su experiencia. Estos “obstáculos” se encuentran recogidos en declaraciones en el libro Camino a Cristo en el que la autora explica luchas que “muchos” enfrentan. La cita del artículo en cuestión es: “Muchos tienen la idea de que deben hacer alguna parte de la obra ellos solos.” Camino a Cristo, pag. 69.—Editor.

Un amigo me dijo una vez: “Si no estás seguro de cuánto puedes hacer por ti mismo—sin depender de Dios para sostenerte—entonces deja de respirar el aire que no te pertenece. ¿Quién le da a tu corazón el poder para bombear sangre a través de todo tu cuerpo? ¿Has tomado alguna vez una decisión por ti mismo en esta línea? Algún otro te está sosteniendo.” De alguna forma hemos creado una ilusión mental de que podemos hacer algo por nosotros mismos—sea en en el sentido salvador físico o espiritual. Cuando se trata de nuestra salvación, Pablo nos recuerda que “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” Fil 2:13.

Mucha gente piensa que justificación es lo que Dios hace por nosotros (Jesús muriendo por nuestros pecados), y santificación lo que hacemos por nosotros mismos (nuestras obras). Por un lado, la iglesia católica ha incorporado esta idea en su comprensión de la salvación por lo menos en parte a través de los diferentes sacramentos, los cuales tuvieron una extensa influencia en el mundo cristiano. Esto continuó hasta que Lutero vino proclamando “Sola Gracia” y “sola Fide”, mostrando lo absurdo de ser capaz de literalmente comprar la salvación con indulgencias, peregrinaciones y Ave Marías.

Nuestra sociedad parece asimismo haber sucumbido a este estilo de vida basado en el comportamiento, “salvación por obras”. Lo que quiero decir con esto es que debemos hacer algo para ser aceptados:

  • En la escuela la aceptación de los profesores se basa a menudo en nuestras notas.
  • En casa amamos a nuestros hijos hasta que hacen algo que va en contra de nuestra voluntad.
  • En el trabajo somos despedidos si no alcanzamos las metas de la compañía.
  • En los deportes seguimos un proceso de “selección natural” y “supervivencia del más fuerte” premiando al más fuerte y excluyendo al menos cualificado.
  • En los negocios todo se basa el el principio de la reciprocidad—tú me das, entonces yo te devuelvo. Es un tipo de versión condicionante de la regla de oro: si me haces bien, entonces haré lo mismo contigo. Si me das dinero, te daré este producto.

No estoy sugiriendo que debamos cambiar completamente estos mecanismos de conducta establecidos, sin embargo, sería bueno para nosotros darnos cuenta de que la idea de recibir algo gratis—especialmente algo de valor—no tiene sentido en absoluto para nosotros. Hemos sido entrenados para pensar que la vida no funciona así. Yo debo hacer algo para merecer este tipo de trato. La sociedad ha creado un motor sin identificar en nuestro interior que quiere generar “obras” para poder “pagar” por lo “bueno” que debemos recibir.
Ahora bien, la Biblia nos da una vasta y diferente imagen de cómo Dios nos acepta.
Este es uno de los mayores factores de diferenciación entre el cristianismo bíblico y todas las grandes religiones del mundo. En todas ellas uno debe hacer algo para recibir el favor de la deidad. Solamente en el cristianismo Dios hizo algo por nosotros—dio su vida por nuestros pecados—para mostrar que ya somos aceptados por Él, y nos ha dado el regalo de la vida eterna.
Es el resultado de esta reunificación con Cristo y Él viviendo dentro de nosotros lo que produce buenas obras. Es Jesús haciendo sus benevolentes obras a través nuestro. La justificación es lo que Cristo hace por nosotros, y la santificación es lo que Cristo hace en nosotros y a través de nosotros.

Si hay algo que debamos hacer es darle permiso a Jesús para hacer esta obra en nosotros porque lo único que Dios no puede hacer es anular nuestra libertad. Tenemos la solemne responsabilidad de tomar esta decisión. Sin embargo, las buenas nuevas son que esta decisión es alimentada por la gracia de Dios, sin la cual no tendríamos la capacidad de pensar, decidir o respirar.

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” Efe 2:8-9.

Escrito por Jesse Zwiker