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Adulting : The Grind (Learning to Love God at Work)

24th June 2018

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Ya llevaba cuatro años y medio en mi segunda carrera universitaria cuando oí el llamado de Dios: “Acompáñame en el propósito más elevado de todos: seguirme, y animar a otros a hacer lo mismo”. Ay, Dios, Ay.

Tenía una deuda de más de 40K (GBP) y todavía no tenía claro qué debía hacer. Todo lo que sabía era que “de palabra o de hecho”, iba a hacerlo “todo en el nombre del señor Jesús, dando gracias a Dios padre por medio de él”. (Colosenses 3:17)
Pasé de “solo quiero dedicarme a mi arte y escribir y vivir una vida egoísta en la que viaje y balbucee como Ernest Hemingway acerca de mi vida en París y como es de romántico el quebrantamiento humano” a “hazme una misionera”. Dios Sin embargo, quería darse cuenta de mi última respuesta.

“Yo puedo hacerte una misionera, Ruth; pero es aquí en este espacio, con esta gente. Trabaja para ellos como si trabajaras para mí”.(Colosenses 3:23).

En 2016 enfrenté el desafío de salir de mi zona de confort y mudarme de Leeds a Londres, donde buscaría un trabajo. Fue una semana después cuando me encontré trabajando para una compañía emprendedora. Pista: tienen pasión por los perros (inserte el grito interior de una millenial blanca aquí). El mundo emprendedor está lleno de jóvenes amantes, divertidos, esforzados, cerveceros, jugadores de pong y habrá momentos en que tenga que declinar en forma educada; pero la fidelidad al propósito de Dios era parte de mi encanto en la oficina.

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Tuve claro que mientras trabajaba en un entorno secular mi vida sería un testimonio de Dios. Comencé el trabajo de Dios pidiéndole a Él una cita divina diariamente. Mi único método era el método de Cristo solo, y mis esfuerzos en este espacio estaban realmente motivados por la libertad. Hablaba abiertamente del sábado explicándolo de forma inclusiva; animaba al equipo de trabajo a hornear o cocinar comidas con base vegetal para nuestras comidas de oficina y fiestas de cumpleaños. Sin embargo, más que hablar del mensaje bíblico, les mostré al Mensajero. Fui trabajadora, amable —yendo más allá. Me dijeron que la oficina no era la misma después de mi partida, que había traído luz y amor a ese espacio.

Yo estaba reflejando a Jesús en ese lugar —anhelaba compartirlo a Él con ellos siempre que podía porque me llenaba el corazón.

De vuelta al presente, acabo de terminar mi segundo año como orientadora escolar en una escuela Adventista cerca de mi ciudad natal en Australia. Si eso no es una respuesta a la oración, no sé qué lo es. Desde que el sello de aprobación de Dios estuvo sobre todo esto supe que no tenía otra opción; y no necesité otra opción porque el trabajo que hacía era exactamente mi llamado (orientación y terapia). Puedo hablarle a los jóvenes acerca de Jesús; llego a presentar ponencias ante cientos de ellos y a mostrar cómo la biblia ayuda con la depresión y la ansiedad; logro introducir espiritualidad en una existencia sin espiritualidad para muchos de ellos. No hay barreras en un entorno educativo cristiano. La única barrera real soy yo, la mensajera.

Más que nunca antes en mi experiencia he aprendido que Dios se deleita en que trabajemos en Subway y lo hagamos “decentemente y con orden” (Corintios 14:40), reconociendo el ministerio en nuestro lugar de trabajo y satisfaciendo las necesidades, no solo del mundo ahí fuera, sino las necesidades de nuestros compañeros. Aunque no siempre pensamos o lo esperamos, Él nos puede poner a trabajar en un entorno secular ¿Cuál es la moraleja de la historia? “y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia” (Colosenses 3:23).


Ruth es una joven Cristiana que ha nacido de nuevo y saluda desde Australia; por lo tanto cree en las segundas oportunidades —más incluso de lo que cree en el corrector ortográfico—, y está en camino de payasa a Kosher a medida que vuelve a caminar en su relación con Jesús. Ella es insistente en que no es una chica de gatos, pero su alarma de devoción matutina es un gato empujándole la cara, así que todavía no se ha dictado sentencia.